viernes, 13 de diciembre de 2013

EL HOMBRE QUE NO CREIA EN EL AMOR.


 

Esta es la historia de un hombre que no creía en el amor. Se trataba de una persona normal, como tú y como yo, pero lo que le hacía especial era su manera de pensar: estaba convencido de que el amor no existía. Había acumulado mucha experiencia a lo largo de su vida intentando encontrar el amor, había observado a la gente, y acabo convencido de que el amor no existía.

En cualquier sitio donde iba le explicaba a la gente que el amor no era otra cosa que una invención, y que esta idea servía para manipular a los seres humanos y controlarlos. Así que como el amor no era real, ningún ser humano lo encontraría jamás. Convencido de sus argumentos, el hombre continuo explicando a la gente por qué no existía el amor: “Lo que los seres humanos llaman amor, no es otra cosa que una relación de miedo que se fundamenta en el control”. Y continuo dando todas las razones por las cuales tenía la certeza de que el amor no existía: “Yo ya he pasado por todo eso. No volveré a permitir que nadie manipule mi mente y controle mi vida en nombre del amor”. Sus argumentos eran bastante lógicos y convenció a mucha gente con sus palabras! El amor no existe!

Un día paseando por un parque, vio a una hermosa mujer sentada en un banco llorando, se acercó y le pregunto si podía ayudarla, y por qué lloraba. Su sorpresa fue grande cuando ella le respondió que lloraba porque el amor no existía. Al preguntarle por qué tenía esa convicción ella le explico; “Me case muy joven y muy enamorada, nos juramos fidelidad, respeto y honrarnos el uno al otro, así creamos una familia. Estuve consagrada al cuidado de mis hijos y mi casa. Mi marido progreso en su profesión y su éxito fuera del hogar se volvió más importante para él que su familia. Nos perdimos el respeto, nos heríamos mutuamente, y en un momento determinado descubrimos que ya no nos queríamos. Continuamos juntos con la excusa de que los niños necesitaban un padre, pero ahora que se han independizado, ya no tengo ninguna excusa para seguir con él. Sé que el amor no existe, y que con otra persona seria igual, por eso estoy llorando.

Como la comprendía muy bien, la abrazó y le dijo:

-“Tiene razón, el amor no existe. Buscamos el amor, abrimos nuestro corazón, nos volvemos vulnerables y lo único que encontramos es egoísmo, y aunque creemos que no nos dolerá, nos duele. No importa cuántas relaciones iniciemos; siempre ocurrirá lo mismo.”

Se parecían tanto que pronto trabaron una gran amistad, se respetaban mutuamente, entre ellos no había ni envidia ni celos, no se controlaban, y tampoco se sentían poseedores el uno del otro.

La relación continuó creciendo más y más. Además, siempre que estaban separados se echaban de menos. Un día durante un viaje fuera de la ciudad, tuvo una extraña idea. Pensó: “Mmm, tal vez lo que siento por ella es amor”. Pero este sentimiento era muy distinto a lo que había sentido anteriormente. No sentía la necesidad de que ella cuidara de él, no necesitaba echarle la culpa de sus problemas ni de sus desdichas, respetaba su forma de pensar, No sentía celos cuando estaba con otras personas y no sentía envidia de sus éxitos. Y pensó: “Tal vez el amor si existe, pero no es lo que todo el mundo piensa que es”.

Cuando volvió a casa empezó a explicarle lo que pensaba, y ella le dijo: “Sé exactamente lo que me quieres decir. Hace tiempo que pienso lo mismo, pero no quería decirte nada porque sé que no crees en el amor. Quizás el amor sí existe, pero no es lo que creíamos que era”. Decidieron ser amantes y vivir juntos, continuaron respetándose, apoyándose, y el amor siguió creciendo cada vez más. Eran tan felices que incluso las cosas más sencillas les provocaba un canto de amor en su corazón. El amor que sentía él llenaba de tal modo su corazón que, una noche le ocurrió un gran milagro. Estaba mirando las estrellas y descubrió, entre ellas, la más bella de todas, su amor era tan grande que la estrella empezó a descender del cielo, y al cabo de poco tiempo, la tuvo en sus manos. Después sucedió otro milagro, su alma se fundió con aquella estrella. Se sintió tan inmensamente feliz que corrió a depositar la estrella en las manos de su mujer, como una prueba del amor que sentía por ella. Pero en el mismo momento en el que puso la estrella en sus manos, ella sintió una duda; pensó que ese amor resultaba arrollador, en ese instante, la estrella se le cayó de las manos y se rompió.

Ahora, un hombre viejo anda por el mundo jurando que no existe el amor, y una hermosa mujer mayor espera a un hombre en su hogar, derramando lágrimas por un paraíso que una vez tuvo en sus manos pero que en un momento de duda perdió.

¿Quién de los dos cometió el error? ¿Qué es lo que no funciono?.

El error fue de él al pensar que podía darle su felicidad a la mujer. La estrella era su felicidad y su error poner su felicidad en las manos de ella. La felicidad nunca viene del exterior. Él era feliz por el amor que emanaba de su interior; ella era feliz por el amor que emanaba de sí misma. Pero, tan pronto como él la hizo responsable de su felicidad, ella rompió la estrella porque no podía responsabilizarse de la felicidad de él.

No importa cuánto amase la mujer al hombre, nunca hubiera podido hacerle feliz porque nunca hubiese podido saber qué es lo que él quería. Nunca hubiera podido conocer cuáles eran sus expectativas porque no podía conocer sus sueños.

Si tomas tu felicidad y la pones en manos de alguien, más tarde o más temprano, la romperá. Y como la felicidad sólo puede provenir de tu interior y es resultado de tu amor, sólo tú eres responsable de tu propia felicidad.

Carmen.

 

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