jueves, 25 de junio de 2020

CARENCIAS AFECTIVAS



Cuando en terapia analizamos los trastornos psicológicos más extendidos en la población (ansiedad, fobias, depresión, etc), comprobamos que la causa subyacente de la mayoría de estos problemas procede de algún tipo de carencia afectiva sufrida en la infancia que ha sido arrastrada hasta la vida adulta.

Los bebes vienen al mundo con unas necesidades físicas (cuidado y alimentación) y emocionales (amor, apoyo, seguridad) que deben ser cubiertas para que se conviertan en adultos equilibrados. El contacto físico, las muestras de cariño, el hecho de sentirse protegido o el respeto por su persona y sus intereses no son esenciales para su supervivencia física. Sin embargo resultan imprescindibles para su correcto desarrollo psicoemocional.

Sin estos cuidados, los niños aunque físicamente crecen, emocionalmente arrastran graves secuelas afectivas. Solo tenemos que recordar las terribles imágenes de lo orfanatos rumanos de los años 70 y 80, en los que los pequeños al no haber sido atendidas sus necesidades emocionales, desarrollaban comportamientos autistas.

Muchas personas, sin haber pasado por un abandono tan extremo, también acarrean desde su infancia tipos de carencias emocionales. Sus padres y demás familiares por inmadurez, por inexperiencia o por sus propias historias personales de privación, no supieron atender sus necesidades afectivas.

Estas personas crecen convencidas de que sus experiencias emocionales disruptivas son las mismas que las de los demás. Pasado el tiempo, cuando intentan llevar una vida normal, las secuelas de sus traumas se reflejan en su día a día, de una forma u otra. 

La necesidad primaria de cuidado y cariño que no fue satisfecha por los padres provoca en muchas personas, al llegar a la edad adulta, una sensación de vacío o de espacio oscuro en su interior que necesita ser colmado. Para tratar de obtener un momento de satisfacción que llene su abismo, surgen las obsesiones, las adicciones o los enganches a personas tóxicas. Cualquier elemento exterior (relaciones, objetos o trabajo) puede crear la ilusión de llenar ese vacío. 

Sanar desde el interior.

Aunque resulta imposible cambiar el pasado, todos tenemos la potestad de intervenir tanto en nuestro presente como en nuestro futuro. Para lograrlo, debemos centrarnos en nosotros mismos y prodigarnos los cuidados que tanto nos faltaron en nuestra infancia. Es preciso que recordemos que ya no somos aquellos pequeños que estaban indefensos ante la vida: ahora podemos valernos por nosotros mismos y no necesitamos que nos cuiden y atiendan desde fuera.

Tenemos que comenzar por cambiar el sentido de la búsqueda del amor: no se trata de encontrar a alguien de fuera que nos preste la atención y el cariño que no tuvimos en la infancia. Nosotros mismos somos quienes mejor podemos ofrecernos un verdadero amor incondicional. 

Se necesita tiempo, no podemos sanar en un día el vacío de toda una vida. En ocasiones, el daño ocasionado es tan profundo que resulta necesario buscar ayuda profesional para poder reconstruir la autoestima perdida. Poco a poco, asumiendo la realidad del pasado y trabajando desde pequeños detalles del día a día, podremos empezar a recuperar nuestro amor propio.

Cuando logras conectar contigo mismo y comienzas a quererte, se produce un cambio interno efectivo y permanente. Siempre estarás presente en tu vida cuidándote. Desaparece el abismo. el vacío se colma y, desde ese momento, ni nada ni nadie puede desviarte de tu camino.
Ramón Soler. Psicólogo

martes, 9 de junio de 2020

LA TIERRA EN ESTADO TERMINAL




Solo una reacción cívica global puede impedir su colapso.

Nuestro planeta está en estado terminal debido a la acción humana: su agonía será complicada para nuestra especie, enfrentada al reto de preservar la vida e impulsada a construir un futuro más armónico en el que todo deberá cambiar…….

Nuestro mundo está en una situación parecida a la que vivimos cuando un ser querido se encuentra hospitalizado. Los médicos se acercan, nos muestran radiografías y resultados de diferentes pruebas, y nos dicen que nuestro pariente está muy grave. No afirman que va a morir, pero se muestran pesimistas.

Este es el diagnóstico del estado del mundo que los miembros del Comité Científico del Club Nuevo Mundo realizaron, en una reunión especial sobre la crisis de nuestra civilización.

Según este diagnóstico, el planeta manifiesta todos los síntomas propios de un estado terminal: sus océanos se están quedando sin oxígeno, las especies que lo mantienen con vida desaparecen a  velocidad  vertiginosa, su atmósfera está seriamente contaminada, la fiebre le sube cada vez más y puede alcanzar temperaturas que lo llevarían al colapso.

Además, se ha desconfigurado completamente: su modo de vida ha devenido anacrónico, es incapaz de mantenerse en equilibrio y ha engendrado desigualdades internas que hacen inviable la prolongación de la vida. El diagnostico se completa con la constatación de que el planeta está abandonado a su suerte: nosotros, a los que la evolución nos ha dotado de la capacidad de gestionar sus recursos naturales, somos los responsables últimos de la crisis planetaria y de su eventual desenlace.

La gestión forestal podría salvarle la vida: genera empleo, reduce el riesgo de incendios, aumenta los caudales hídricos, mejora la biodiversidad, provee de bio-productos y aumenta la resiliencia ante el cambio climático.  Sin embargo, la Covid-19 representa una advertencia: ha precipitado la metástasis y desvelado nuestra fragilidad sanitaria. También ha enseñado que los tiempos de reacción se agotan.

El coronavirus es solo un síntoma: en el fondo nos enfrentamos a una crisis de la vida…

Vida amenazada.

La vida, una proeza de la evolución que se inició hace 3800 millones de años, sólo 700 millones de años después de la formación de nuestro planeta, está a punto de desaparecer de este hormiguero de la Vía Láctea que es la Tierra. El ser humano, que solo lleva 2 millones y medio de años de evolución, y que en comparación con los demás cuerpos celestes, por sus dimensiones físicas, es tan insignificante como una bacteria terrestre, está a punto de poner fin al experimento cósmico de la vida en este rincón del universo.

Atónitos ante la agonía del planeta, nos planteamos si todavía hay algo que podamos hacer para impedir el colapso sistémico que supondría la desaparición de nuestra especie.

Momentos complicados

Descubrimos que: Lo primero que debemos hacer es asumir la gravedad del momento y recuperar la confianza en el futuro.

Lo segundo, que debemos cambiar nuestra manera de pensar y de vivir porque la cultura en la que estamos nos conduce al abismo; considera al ser humano como la cumbre de la evolución con el derecho a someter a la naturaleza en todas sus formas.

Lo tercero, debemos organizarnos como sociedad civil para preparar la supervivencia porque los momentos que vienen son complicados.

La agonía del planeta no será tranquila, advierten los científicos, sino turbulenta en episodios como:

Temperaturas incompatibles con la vida
Rediseño de litorales
Abundantes catástrofes naturales
Desertización
Enfermedades zoonóticas
Migraciones masivas
Conflictos entre potencias

Reacción cívica

No podemos seguir esperando que las instituciones solucionen las cosas, porque su cultura les impide apreciar la gravedad de la crisis planetaria y obrar en consecuencia. Debemos ayudarles a que hagan mejor su trabajo, pero al mismo tiempo poner en marcha iniciativas cívicas que resuelvan los problemas prácticos que habremos de afrontar.

El mayor reto

La vida que nos ha proporcionado la evolución se enfrenta al mayor reto de su historia:

Usar nuestras facultades superiores, nuestros talentos y la capacidad de amar que hemos desarrollado, para impedir que desaparezca del sistema solar, único sitio del universo conocido donde tenemos constancia de que exista.

Como todo gran reto, la respuesta empieza por lo más pequeño y simple, el cambio personal, la decisión de mejorar las cosas, la organización de respuestas y servicios coordinados, primero a pequeña escala y luego a dimensiones más amplias.

Nuevos escenarios

Y también debemos despedirnos del mundo que fue: nada volverá a ser como antes después de lo que está pasando….

También deberemos imaginar y construir nuevos escenarios que eviten experiencias pasadas, de poder o violencia, los dos pilares que han vertebrado la evolución humana hasta ahora. Debemos conseguir una mejor organización social y económica, otra manera más armónica de entender las relaciones humanas, la economía y la política, el derecho, la ciencia y la tecnología, si queremos preservar la vida.

Puertas abiertas

Estas son las conclusiones de las dos jornadas que los miembros del Club Nuevo Mundo vivimos junto a los miembros del Comité Científico, para conocer el estado de nuestro hogar planetario. Nuestras puertas están abiertas para seguir acogiendo personas, proyectos e iniciativas que quieran reaccionar a la crisis global y estén dispuestas a contribuir a este esfuerzo colectivo aportando lo mejor de sí mismos.

Somos conscientes de que solos no vamos a conseguirlo, y de que los retos nos trascienden completamente. Pero también tenemos la determinación de no permanecer impasibles ante la crisis y de contribuir a la refundación del mundo.

No sabemos si lo conseguiremos, pero pensamos que nuestro deber y nuestra responsabilidad hoy es intentarlo.

Por, Eduardo Martínez y Alicia Montesdeoca.

  


sábado, 6 de junio de 2020

SER LUZ EN LA OSCURIDAD




La metafora de la luciérnaga: Ser Luz en la oscuridad

El simbolismo mágico de las luciérnagas nos sugiere que todos podemos ser luz en medio de la oscuridad. Si despertamos nuestro potencial, ilusión y sentido de la esperanza, podremos también contagiar a otros para iluminar los momentos más complicados.

La metáfora de la luciérnaga nos ofrece un valioso ejercicio de reflexión personal. Acudir de vez en cuando a esa simbología que se inscribe detrás de muchos de esos pequeños animales que habitan de manera discreta cerca de nosotros, siempre resulta interesante. Estos insectos bioluminescentes han fascinado desde hace siglos a la humanidad y razones no les faltan.

La luz que emiten estos insectos puede ser amarilla, verde o naranja. Son capaces de sincronizar su parpadeo cuando se encuentran en un mismo terreno, creando fascinantes juegos de luminiscencias. Y si son capaces de emitir esa luz tan singular, es porque sintetizan un componente químico natural, la luciferina.

Sin embargo, esa alquimia por la cual logra combinar sus enzimas y proteínas para conseguir que la energía química se convierta en luz es aún todo un misterio para los científicos.

Por otro lado, lo que no es un enigma es su gradual desaparición. Nuestros jardines, campos y montañas apenas se iluminan durante las noches de verano con sus pequeñas y mágicas presencias.

El uso de plaguicidas, la desaparición de los entornos naturales y la contaminación lumínica de nuestras urbes está arrebatando la existencia de estos insectos maravillosos. Lo cual, a largo plazo, puede ser todo un desastre porque las luciérnagas, como las propias abejas, son grandes polinizadores.

Las necesitamos. Como necesitamos a cualquier otro ser de nuestros ecosistemas, porque absolutamente todos son necesarios para el equilibrio y pervivencia de este planeta. Descubramos por tanto qué podemos aprender de los lampiridos o como dicen los niños, “bichos de luz”.

La metáfora de la luciérnaga.

A pesar de que estos insectos son conocidos por ser criaturas de luz, en realidad, son seres de oscuridad. Durante el tiempo diurno son discretos, mundanos y poco activos.
A simple vista nos parecen simples escarabajos. Sin embargo, cuando cae la noche aumentan su actividad, en especial en la cercanía de las zonas húmedas. Ese es el momento en el que inician sus cortejos y sus comunicaciones.

Como sabemos, solo los machos emiten luz y, cuando lo hacen, se debe a tres razones: atraer a las hembras, para indicar  a los depredadores de que no son comestibles y también, para avisar al grupo de la existencia de algún peligro. Cada código es diferente e inteligible a su vez por los miembros de la misma especie.

Así, todas estas características y singularidades han sido desde siempre de interés para nosotros. Son muchas las culturas que recogen leyendas sobre ellas, las cuales, podemos encontrarlas en libros como Animal Chaman, del profesos Ted Andrews. Veamos, no obstante, qué nos dice la metáfora de la luciérnaga y qué podemos aprender de ella.

Las cosas no son siempre lo que parecen.

Lo señalábamos con anterioridad. Las luciérnagas parecen a simple vista pequeños escarabajos. Su apariencia es anodina, simples insectos como cualquier otro de los que hacen vida de manera discreta en nuestro jardín.

Sin embargo, las cosas no son siempre lo que parecen. Si nunca hubiéramos visto una luciérnaga con costaría mucho creer que hay un ser vivo en la naturaleza capaz de emitir luz. Y, sin embargo, así es. En el interior de su imagen mundana se esconde un poderoso secreto: su luminiscencia.

Esos pequeños escarabajos de apariencia sencilla logran embelesarnos en las noches de verano. Sus luces parpadeantes son como pequeñas estrellas que iluminan la tierra, algo extraordinario. De algún modo, también nosotros somos capaces de actos inusitados y espectaculares de vez en cuando. Las apariencias suelen engañar y quien menos creemos, puede marcar la diferencia.

Emitir señales para atraer lo que queremos.

La metáfora de la luciérnaga nos dice que, si queremos algo, hay que emitir señales. ¿Cómo podemos interpretar esta idea? Es sencillo.

Todos tenemos metas, propósitos, objetivos más o menos elevados que llevamos en mente durante años. El único modo de lograrlos es encendiendo la ilusión, la determinación, la actitud y, sobre todo, generando conductas que nos acerquen hasta esas cumbres. Esas son las señales que nos acercarán al éxito.

Solo cuando tenemos claro lo que deseamos y luchamos  por ello, destaca nuestra luz sobre los demás. Esa es la clave.

La metáfora de la luciérnaga: ser luz en medio de la oscuridad

Hay épocas así, esas en las que nunca llega a amanecer y la oscuridad es constante. No solo no acompaña el contexto, más complicado y adverso de lo normal. A veces, hasta nosotros mismos sentimos esos mismos claroscuros anímicos. Faltan las ganas, falla el ánimo e incluso  las fuerzas.

Lo sabemos, no es fácil ser luz en medio de la oscuridad. Sin embargo, la metáfora de las luciérnagas nos dice que en esos momentos hay que salir, asomar el rostro al exterior para descubrir algo extraordinario.

Hay miles de luces esperando contagiarnos su ilusión, su bondad, su esperanza. Estos insectos emiten luz comunicándose entre ellos, se iluminan los unos a los otros en las noches más oscuras.

También nosotros podemos y debemos hacer lo mismo. Contagiarnos del entusiasmo y fortaleza ajena para recuperar fuerzas. Y a su vez, activar en uno mismo esa misma luz para llegar a otros y hacer de esos momentos complejos, jardines para la ilusión.

Para concluir, tengamos presente la bella metáfora de la luciérnaga, siempre es buen momento para dejarnos inspirar por el universo de los animales.

Para concluir, tengamos presente la bella metáfora de la luciérnaga, siempre es buen momento para dejarnos inspirar por el universo de los animales.

Valeria Sabater