El síndrome del Titanic no describe ninguna
condición ni trastorno psicológico. Es solo un
sentimiento, una sensación que nos embarga cada vez con más frecuencia en los
últimos años (e incluso meses). Es como estar asistiendo al derrumbe de una
época, como ser testigos de la fragmentación de un tiempo determinado que
parece estar hundiéndose, poco a poco, pero de manera angustiosa.
Hay quien señala que gran parte de la
población empieza a mirar al futuro con cierto desasosiego. No confiamos en que lo que pueda
traernos el mañana vaya a ser mejor de lo que tenemos ahora.
Casi sin saber cómo se ha desvanecido nuestra inocencia, los libros sobre
felicidad ya no convencen tanto como antes y empieza a reinar el escepticismo e
incluso la desconfianza
Los cambios que estamos viviendo últimamente
están despertando miedos dormidos en muchas personas. Son temores instintivos,
de los que nos susurran que tal
vez, todo aquello que dábamos por sentado puede variar y transformarse.
Es casi como ser un repentino viajero a bordo del Titanic y ver cómo nos vamos
acercando cada vez más hacia un gran iceberg.
No obstante, atisbar semejante amenaza tiene también un
lado positivo: nos permite estar preparados. Nos obliga a
buscar algo a lo que aferrarnos para no perder el equilibrio, a buscar un bote
salvavidas para permanecer a flote en todo momento…
Estamos, por tanto, ante un concepto
psicológico, pero sobre todo filosófico, que describe un estado que cualquiera
podemos estar sintiendo ahora mismo. Profundicemos
un poco más en esta idea.
Síndrome del Titanic,
¿en qué consiste?
El término síndrome del Titanic surgió en el 2006 a
raíz de una publicación: El miedo líquido, del filósofo Bauman. En este interesante
trabajo, el que fuera uno de los ensayistas más influyentes de los últimos años
nos hablaba de una decepción y el surgimiento de un miedo.
Durante muchos años, las personas llegamos a
creer que la actual modernidad sería el reflejo más nítido de nuestro progreso.
Focalizamos en este nuevo milenio la idea de que por fin dejaríamos atrás los
sinsabores de la
desigualdad, de la carencia, de la angustia del pasado…
Imaginábamos que por fin, tendríamos control sobre nuestros entornos sociales y
naturales.
Queda en evidencia que no ha sido así. El profesor
Bauman introdujo entonces la metáfora del síndrome del Titanic. Somos
una sociedad que viaja a bordo del icónico y fatídico transatlántico británico
y que está viendo llegar un cataclismo. Ese miedo y
la conciencia de que muchas de las cosas que dábamos por seguras van a
derrumbarse, definen sin duda el momento actual.
Lo irónico es que dé, algún modo, en este
libro predijo muchas de las cosas que sentimos, vivimos y percibimos ahora
mismo. Así, y a pesar de que Zygmunt Bauman nos dejara en el 2017 y Miedo líquido fuera
escrito a raíz del desastre del Katrina, sus páginas son casi proféticas sobre el 2020.
Tenemos miedo ante algo que se atisba en el
horizonte
El síndrome del Titanic
no define en exclusiva el miedo del ser humano ante la sensación de que el
mundo que conoce vaya a derrumbarse. Es algo más profundo y, a su vez, útil. Al
fin y al cabo, Bauman
como gran pensador cumplió con sus libros la finalidad de todo filósofo:
ayudarnos a reflexionar, darnos herramientas para el cambio y
la acción.
Con esta metáfora se
deja en evidencia un hecho: estamos
atisbando la cercanía de un desastre y no estamos actuando. Ante
algo así solo tenemos dos opciones: limitarnos a ser unos pasivos pasajeros
aborde de un transatlántico fatal o bien, estar prevenidos.
Ante un mundo que cambia de manera rápida,
hay que diseñar un «plan de escape»
El desastre del Titanic no vino tanto por la presencia del iceberg como por la falta de un plan de evacuación. La naviera White Star Line definía a su criatura como «insumergible», como el navío más seguro jamás creado. Sin embargo, dotó al Titanic de 20 botes salvavidas, cuando tenía espacio para 74 botes. No había un plan de evacuación definido y la tripulación no supo reaccionar cuando llegó el desastre. La previsión fue nula.
Nosotros estamos casi en
la misma situación. Navegamos por un océano en constante cambio. Tomamos
decisiones basadas solo en ese entorno cercano en el cual, todo es seguro. Pero no somos capaces de diseñar un
plan de escape ante un horizonte que intuimos como amenazante.
El síndrome del Titanic
se define por ese miedo a que todo lo que damos por seguro se derrumbe, pero
también integra una necesidad: saber reaccionar. ¿De qué manera? Si todas las
decisiones equivocadas acaecidas en el desastre del Titanic tuvo como resultado
la pérdida de 1.413 personas ¿Qué
es lo que deberíamos hacer en al actual contexto?
- Hay que
creer que lo imposible es posible, explica Bauman. El miedo no tiene como
finalidad paralizarnos, sino obligarnos a reaccionar. Para ello, es
esencial que nos convenzamos que tenemos la capacidad de cambiar las
cosas.
No hay que esperar a que haya alguien que nos salve. Nos hemos habituado a depender de terceras personas, a esperar que sean otros quienes den respuesta a nuestras necesidades. Hay que definir un plan de acción (el nuestro) y ser responsables de cada decisión, de cada avance.
- Hay que salir de la rutina. No podemos ser como esa orquesta de música del Titanic que seguía tocando mientras el barco se hundía. Debemos empezar a generar cambios, a habilitarnos en nuevas competencias, despertar valías, fortalezas psicológicas y ser capaces de adaptarnos a una nueva etapa vital y social con esperanza y resiliencia.
- Para concluir, el síndrome del Titanic es un concepto de plena actualidad en el que vale la pena reflexionar. En tiempos de incertidumbre, hay una sola certeza que nunca debemos perder de vista: la confianza en nosotros mismos y en que seremos capaces de hacer frente a cualquier adversidad.






