Cuando el
inconsciente dirige tu vida
Gran parte de lo que somos, lo que sentimos, elegimos y vivimos, no lo decide nuestra mente consciente. Lo decide el inconsciente: esa parte profunda que almacena todo lo que funciona en automático y que actúa sin que podamos verlo directamente. Esto no es un fallo de diseño; es su función principal.
El inconsciente nos hace eficaces: gracias a él podemos caminar, hablar, conducir, cocinar, resolver problemas cotidianos y reaccionar sin tener que pensar en cada detalle.
La neurociencia estima que mientras la mente consciente procesa unos 5000 impulsos por segundo. El subconsciente maneja más de 35000. Si imaginamos cada impulso como un dato, podemos entender hasta qué punto la información automática dirige nuestra vida. Y también porque repetimos patrones que no queremos.
¿QUE VA AL SUBCONSCIENTE?
Todo lo que se repite hasta convertirse en hábito
Esto incluye habilidades prácticas, como conducir, escribir, montar en bicicleta etc. y también patrones emocionales: cómo reaccionamos al afecto, cómo gestionamos el miedo o cómo interpretamos el rechazo.
El inconsciente también recoge:
Todo lo que aprendemos antes de los seis años, cuando somos sensibles, perceptivos y totalmente dependientes.
Las experiencias demasiado intensas para ser asimiladas en el momento en
que ocurren.
Las interpretaciones que dimos a aquello que no entendíamos, incluidas las
infantiles.
Las estrategias que creamos para protegernos del dolor.
Ahí se almacenan:
Automatismos y habilidades.
Patrones emocionales.
Creencias que ya no cuestionamos por ejemplo sobre el amor, el valor
personal y la seguridad.
Percepciones sobre lo que es peligroso o seguro.
Reacciones aprendidas.
Recuerdos corporales y emocionales.
El inconsciente no distingue entre lo práctico y lo emocional: Simplemente automatiza lo que nos permitió sobrevivir, funcionar o adaptarnos. Por eso es posible conducir sin pensar…y al mismo tiempo desconfiar sin motivo aparente. La misma estructura que automatiza habilidades…automatiza heridas.
La mente no está solo en el cerebro
Tendemos a pensar en “la mente” como algo racional, alojado en el cerebro. Pero la realidad es más amplia. Todo nuestro cuerpo participa en la mente: cada célula está bañada por neurotransmisores y neuropéptidos que almacenan y transmiten información emocional.
La mente es cuerpo.
La mente es
emoción.
La mente es
memoria biológica.
El principio de Donald Hebb “las neuronas que se activan juntas, se conectan juntas”, explica cómo se forman los hábitos: por repetición. Las heridas emocionales, en cambio, se graban por intensidad. Y ambas cosas, repetición e intensidad, moldean nuestro inconsciente y nuestra mente.
El origen de una herida emocional
Los primeros años de vida son un periodo de máxima sensibilidad. Somos completamente dependientes, y cualquier vivencia se graba con enorme fuerza. Un niño no puede contextualizar ni interpretar como un adulto. Su capacidad racional en mínima: está aprendiendo. Si estuviéramos que interpretar lo que un niño siente a esa edad diríamos que estas son las dos preguntas que se hace: ¿soy amado? ¿Estoy seguro?
Si una experiencia supera su capacidad emocional, genera sufrimiento y se registra como herida. Y junto a la herida se graba la estrategia para sobrevivirla.
Un ejemplo frecuente:
Imagina a una niña cuyos padres se marchan a trabajar todos los días y la dejan al cuidado de una mujer fría o distante.
Un adulto entendería esa situación…
Ella no.
Su sistema emocional, inmaduro y dependiente, solo puede registrar: “las personas que más amo me dejan, y quien se queda conmigo no me quiere”.
Esto, aunque ocurra dentro de una familia amorosa, es experimentando por la
niña como abandono emocional, una herida de desamor.
Biológicamente, los mamíferos permanecen cerca de sus crías; nuestro sistema nervioso infantil está programado para contacto, presencia, mirada y sostén. Cuando esa necesidad no se cubre, incluso por razones legítimas, el cuerpo lo vive como sufrimiento.
Así nace una capa de la herida:
“No soy suficientemente importante”
“Me quieren pero se van”
“El amor hace sufrir”
Pero los seres humanos somos un mosaico emocional
Esa misma niña
también vive otras experiencias:
Cuando sus padres vuelven, son afectuosos.
La atienden, la abrazan, la escuchan.
Se siente valorada, vista, querida.
Esto también se graba como programa.
Es decir; una misma niña aprende que el amor es afecto profundo…y que el amor es abandono. Ambos registros coexistirán toda la vida. Y ambos se activarán cuando se enamore, cuando tenga miedo, cuando dependa emocionalmente de alguien. Por eso somos complejos e individuales: cada persona es la suma única de cientos de experiencias, interpretaciones y emociones de intensidad distinta.
La estrategia:
el otro vinculado 50% de la herida
Cada herida viene acompañada de una estrategia de supervivencia. En este caso: la evasión del sufrimiento.
Pero cómo evade depende de lo que la niña vivía durante la ausencia:
Si la dejaban viendo televisión, aprenderá a evadirse con estímulos externos: pantallas, ruido, distracciones.
Si la dejaban jugando sola, aprenderá a evadirse a través de actividad,
movimiento, hiperactividad emocional.
Si la dejaban sola sin nada, aprenderá a evadirse hacia dentro: fantasía,
imaginación, ensoñación.
Todas son formas de alivio emocional que un día la protegieron. Pero con
los años se convierten en automatismos que se activan incluso cuando ya no son
necesarios.
Como se manifiesta la herida en la vida adulta:
La misma mujer, ya adulta, puede experimentar:
Miedo a enamorarse.
Atracción por personas emocionalmente inaccesibles.
Desconfianza incluso ante vínculos sanos.
Inseguridad afectiva.
Necesidad inconsciente de demostrar valor para no ser dejada.
Relaciones donde vuelve a sentirse no priorizada.
Sobrecarga de actividad para no sentir.
Fantasía excesiva o dificultad para concretar proyectos.
No repetimos porque queramos repetir. Repetimos porque el inconsciente aprendió que esa era la forma de sobrevivir y lo tiene automatizado. Y cuando más temprana fue la herida, más automática, profunda y silenciosa se vuelve, moldeando nuestra personalidad.
Comprender es el primer paso para transformar
Las heridas explican quién estás siendo y por qué te comportas como te comportas. Entender nuestra biología y cómo nos programamos nos quita el peso moral de la culpa y abre la puerta a la responsabilidad personal: la posibilidad de comprendernos, crecer y transformarnos






