domingo, 24 de enero de 2016

EL EGO Y LOS OTROS


 

 

Muchos de nosotros nos identificamos con la voz de la mente, con ese torrente incesante de pensamientos involuntarios y las emociones que los acompañan, creyendo que somos el pensador. Sin embargo, no podemos olvidar que en cada pensamiento, en cada recuerdo, interpretación, opinión, punto de vista, reacción y emoción está el ego. El contenido de la mente está condicionado por el pasado, la crianza, la cultura, la historia familiar, etc. Toda la actividad mental consta de pensamientos y emociones con los que nos identificamos, en la mayoría de casos cuando decimos “yo” es el ego quien habla, no nosotros. El ego consta de pensamiento y emoción, un paquete de recuerdos que identificamos con “yo y mi historia”, de papeles que representamos habitualmente sin saberlo, de identificaciones colectivas como la nacionalidad, la religión, la raza, la clase social etc. También contiene identificaciones personales, no solamente con los bienes materiales sino también con las opiniones, la apariencia externa, los resentimientos acumulados o las ideas de ser superiores o inferiores a los demás. Aunque el contenido varía de una persona a otra, en todo ego opera la misma estructura, en el fondo todos los egos son iguales.
 

¿En qué sentido son iguales?

 

Los egos viven de la identificación y la separación. Cuando vivimos a través del ser emanado de la mente, constituido por pensamientos y emociones, la base de nuestra identidad es precaria porque el pensamiento y las emociones son, por naturaleza, efímeros y pasajeros. Así, el ego lucha por sobrevivir, tratando de protegerse y engrandecerse. Para mantener el pensamiento del Yo necesita el pensamiento opuesto de “el otro”. El “yo” conceptual no puede sobrevivir sin el “otro” conceptual. Los otros son más “otros” cuando los vemos como enemigos.

 

En un extremo de la escala de este patrón egotista inconsciente está el hábito compulsivo de hallar fallos en los demás y quejarse de ellos. En otro extremo de la escala está la violencia física entre los individuos y la guerra entre naciones. Obviamente, cuando criticamos o condenamos al otro, nos sentimos más grandes y superiores.

 

Algunos egos sobreviven a base de lamentos únicamente, quizás porque no tiene mucho más con lo cual identificarse. Cuando somos presa de esa clase de ego, nos lamentamos habitualmente, en particular de los demás, lo hacemos inconscientemente, lo cual significa que no sabemos lo que hacemos. Aplicar rótulos mentales negativos a los demás, ya sea en su cara o cuando se habla de ellos con otros, suele ser uno de los componentes de este patrón. El resentimiento es la emoción que acompaña a las lamentaciones y a los rótulos mentales, y refuerza todavía más el ego, equivale a sentir amargura, indignación, agravio u ofensa. Algunas veces, la “falta” que percibimos en otra persona ni siquiera existe. Es una interpretación equivocada, una proyección de una mente condicionada para ver enemigos en los demás y elevarse por encima de ellos.

 

No reaccionar al ego de los demás es una de las formas más eficaces no solamente de trascender el ego propio sino también de disolver el ego colectivo de los seres humanos. Pero solo podemos estar en un estado donde no hay reacción si podemos reconocer que el comportamiento del otro viene del ego, que es una expresión de la disfunción colectiva de la humanidad. Cuando reconocemos que no es personal, se pierde la compulsión de reaccionar como si lo fuera, haciendo aflorar la cordura en los demás, es decir, oponer la conciencia incondicionada a la condicionada. En ocasiones quizás sea necesario tomar medidas prácticas para protegernos contra personas profundamente inconscientes, y podemos hacerlo sin crear enemistad. Sin embargo, la mayor protección es permanecer en la conciencia.

 

Tratar de atrapar a la voz de nuestra mente en el momento mismo en que se queja de algo, reconocerla por lo que es: la voz del ego, nada más que un patrón mental condicionado, un pensamiento. Cada vez que tomemos nota de esa voz, nos daremos cuenta de que no somos la voz, sino el que toma conciencia de ella. Así nos liberaremos del ego, de la mente no observada. Tan pronto como tomemos conciencia del ego, dejara de existir convirtiéndose en un viejo patrón mental condicionado.

 

El ego implica inconciencia…la conciencia y el ego no pueden coexistir.

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