Hay
personas que entienden perfectamente lo que ocurre a su alrededor, pero no
logran conectar con lo que ocurre dentro de ellas. Saben explicar hechos,
analizar situaciones y razonar con precisión, pero cuando se les pregunta cómo
se sienten, las palabras se quedan cortas o simplemente no llegan. No es falta
de inteligencia ni desinterés emocional: es Alexifrenia.
La Alexifrenia es un rasgo psicológico caracterizado por
una predominancia
del pensamiento racional y analítico, junto con una desconexión de la experiencia
emocional. A diferencia de otros conceptos más conocidos, como
la alexitimia o
la dificultad para identificar y expresar emociones, la Alexifrenia pone el
foco en el estilo cognitivo: una mente que privilegia el pensamiento lógico
hasta el punto de relegar o ignorar el mundo afectivo.
Pensar mucho, sentir
poco
La persona alexifrénica no carece de emociones, pero
las vive de manera atenuada o distante. El afecto está ahí, aunque no siempre
se reconoce ni se procesa conscientemente. En lugar de registrar tristeza,
miedo o alegría, la experiencia emocional se traduce en pensamientos,
explicaciones o análisis. Es habitual que estas personas respondan a
situaciones emocionales con frases como “no tiene sentido sentirse así” o “es
mejor pensar con la cabeza fría”.
Este patrón puede resultar funcional en contextos donde se
valoran la lógica, el control y la eficiencia. Sin embargo, a largo plazo,
puede generar una desconexión
profunda con uno mismo y con los demás. Las emociones cumplen
una función adaptativa: informan sobre necesidades, límites y vínculos. Cuando
se silencian de forma sistemática, el cuerpo y la mente buscan otras vías para
expresarse.
Origen
y factores asociados
La Alexifrenia no surge de la nada. En muchos casos, se
desarrolla en entornos donde la expresión emocional no fue validada o fue
incluso castigada. Crecer en contextos donde “sentir es un problema” o donde la
vulnerabilidad se asocia con debilidad puede fomentar un estilo mental que
prioriza el control racional como mecanismo de protección.
También se ha observado una mayor prevalencia de rasgos alexifrénicos en
personas con formación técnica o científica muy marcada, así
como en entornos profesionales altamente exigentes. No porque estas áreas
generen el problema, sino porque refuerzan una forma de relacionarse con el
mundo basada casi exclusivamente en el análisis y la lógica.
Desde el punto de vista neuropsicológico, algunos estudios
sugieren que podría haber una menor integración entre áreas cerebrales
implicadas en el procesamiento emocional (como el sistema límbico) y regiones
encargadas del razonamiento consciente (como la corteza prefrontal). No se
trata de un fallo, sino de una descompensación
en el diálogo interno entre emoción y cognición.
Aunque a primera vista la Alexifrenia puede parecer una ventaja,
menos sufrimiento emocional, más control, sus efectos suelen hacerse visibles
en el largo plazo. Las personas con este rasgo pueden experimentar una sensación
persistente de vacío, apatía o falta de sentido, sin saber
exactamente por qué. El cuerpo puede manifestar lo que la mente no reconoce, a
través de somatizaciones,
tensión crónica, fatiga o malestar inespecífico.
En el plano relacional, la dificultad para conectar con las
propias emociones suele trasladarse a la dificultad para comprender las emociones
ajenas. Esto puede generar malentendidos, distancia afectiva o la
percepción de frialdad emocional por parte de los demás. No es que la persona
no se preocupe, sino que no
dispone de un lenguaje interno claro para el mundo emocional.
Alexifrenia,
alexitimia y otros conceptos cercanos
Aunque a menudo se confunden, la Alexifrenia no es exactamente
lo mismo que la alexitimia. En la alexitimia, la dificultad principal está en
identificar y describir emociones. En la Alexifrenia, el énfasis está en
el dominio del
pensamiento racional sobre la vivencia emocional, incluso
cuando la emoción podría ser identificable.
Tampoco debe confundirse con frialdad emocional, psicopatía
o falta de empatia.
Muchas personas alexifrénicas son éticas, responsables y empáticas en el plano
cognitivo, pero les cuesta sentir y expresar esa empatía de forma emocional.
¿Se
puede cambiar este patrón?
La Alexifrenia no es un trastorno clínico cerrado, sino un rasgo
que existe en distintos grados. Por ello, no se “cura”, pero sí puede flexibilizarse. El
primer paso suele ser tomar conciencia de la desconexión emocional y
aceptar que sentir no es un error ni una amenaza.
La psicoterapia puede ayudar a reconstruir el vínculo con las
emociones, especialmente enfoques que integran cuerpo y mente, como la terapia psicodinámica, la
terapia basada en la emoción o las terapias somáticas. Aprender a identificar
sensaciones corporales, poner palabras a estados internos y tolerar la
incomodidad emocional es un proceso gradual, pero profundamente transformador.
También prácticas como la escritura emocional, el mindfulness o
la educación emocional pueden abrir espacios seguros para que las emociones
vuelvan a ocupar su lugar, no como enemigas del pensamiento, sino como aliadas.
La Alexifrenia nos recuerda que el ser humano no es solo razón
ni solo emoción. Cuando uno de estos polos domina por completo, algo se pierde.
Pensar sin sentir puede volver la vida plana, desconectada, excesivamente
controlada. Sentir sin pensar puede volverla caótica. El equilibrio entre ambos
es lo que permite una experiencia humana plena.

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