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lunes, 19 de junio de 2023

TRIGGERS O DISPARADORES EMOCIONALES



Todos arrastramos nudos no resueltos que asfixian, áreas sensibles que duelen en el interior, estratos psicológicos dominados por la ira, el miedo, la angustia o la vergüenza. Los triggers o disparadores emocionales son dimensiones que despiertan en una reacción psicofisiológica difícil de regular.

Si bien estas realidades son frecuentes en quienes lidian con un trastorno de estrés postraumático, la mayoría lo ha experimentado alguna vez. Basta con exponerse a una situación, persona o escena determinada que recuerde a un instante difícil del ayer, para que emerja esa reacción tan intensa.

Si te sientes identificado y no sabes cómo manejar tal vivencia, te proponemos profundizar un poco más en esta lectura.

¿Qué son los disparadores emocionales?

A veces, llevamos mal que alguien nos ordene algo porque nos viene a la mente ese padre severo y autoritario que truncó nuestra infancia. Algunas personas temen entrar a un ascensor, porque les recuerda esa agresión que sufrieron en un espacio similar. Otro ejemplo es temblar cada vez que alguien eleva la voz o se enfada, trayendo a la memoria el maltrato vivido con una expareja.

No es raro guardar en nuestro universo psicológico la mecánica de  un detonante mental. Estos dispersadores son improntas en el cerebro emocional que retrotraen a un instante doloroso o traumático del ayer. La mente condiciona esas experiencias y hace reaccionar con intensidad cuando nos exponemos a situaciones semejantes. Son como señales de otro tiempo aún no resueltas.

Es cierto que estas vivencias angustian y no agradan. Sin embargo, como indica un trabajo realizado en la Universidad de Maryland, las emociones son decisivas en la experiencia humana; permiten adaptarse mejor a complejos escenarios sociales, pero para ello, claro está, es pertinente comprender su función y regularlas con efectividad. Lo que duele debe abordarse y no dejarse de lado. Esa es la clave.

¿Cómo se manifiestan los triggers?

La ciencia mental de los triggers se articula con frecuencia alrededor de los traumas. Pero no siempre es necesario llegar hasta este extremo para sufrirlos. Basta con tener una vivencia no gestionada de forma correcta, para reaccionar ante ciertas cosas o situaciones de una forma desregulada. Veamos cómo suelen manifestarse los disparadores emocionales.

Mayor impulsividad

Mezcla de vergüenza e ira

Sentimientos de inseguridad y amenazas

Se asoma el miedo y la necesidad de huir

Experimentar un elevado estrés y ansiedad también es asociado a un disparador mental.

El desempeño laboral se perjudica, ya que cuesta adaptarse a determinadas circunstancias.

De pronto, al vernos expuestos a determinados eventos, podemos sufrir miedo y una angustia elevada.

Es frecuente que las relaciones socio-afectivas se resientan, pues respondemos mal, discutimos más y nos enfadamos por nada.

Los desencadenantes emocionales también se acompañan de una marcada respuesta fisiológica, del modo siguiente:

Mareos

Nauseas

Temblores

Sudoración

Taquicardia

Dolor de pecho

Vació en el estómago

Como curiosidad, cabe señalar que la Universidad de Columbia desarrollo un estudio para saber si los desencadenantes emocionales se vinculaban con el riesgo de sufrir un infarto de miocardio. Las relaciones no son claras, sin embargo, estas reacciones psicofisiológicas tan intensas resultan peligrosas para quien ya sufra enfermedades cardiovasculares.

¿Qué tipos de disparadores emocionales existen?

Hay muchas personas que experimentan una respuesta emocional intensa y des-adaptativas ante situaciones y, en apariencia, normales. Lo más complejo es que no saben qué les sucede, no entienden el porque de esas experiencias.

Bien, a la hora de tratar los disparadores psicológicos es pertinente saber en qué momentos ocurren y qué los desencadena. Esto permite detectar su tipología. Por lo general, se limitan a tres esferas concretas listadas a continuación:

Los disparadores de trauma son los más comunes y definen esas situaciones en que, después de una videncia adversa, somos incapaces de procesar lo sucedido, así como las emociones difíciles que derivan de ella.

Hay disparadores emocionales de ira. En este caso, estaremos también ante pacientes traumados que manejan de forma muy deficiente sus emociones. Son personas que reaccionan siempre con rabia, con ira y de forma violenta y desafortunada.

Los disparadores de ansiedad son experiencias vinculadas a estados de gran nerviosismo. Pueden relacionarse con fobias (como el miedo a hablar en público o tener que hablar por teléfono). También a situaciones que generan estrés y que no se saben manejar, como discutir con la pareja o  negociar con un jefe.

¿Cómo se tratan este tipo de disparadores psicológicos?

Los disparadores emocionales son el síntoma de una realidad psicológica subyacente que debe tratarse. Se les considera el mecanismo indicador de que hay algo por resolver, que impide adaptarse y tener una vida funcional y satisfactoria. Veamos, por tanto, algunas estrategias de ayuda.

Descubre dónde está la herida

Puede que seas una de esas personas que reacciona mal cuando recibe una negativa. Es posible, incluso, que te obsesione el temor a que los demás te dejen de lado o abandonen. Esto hace que proceses con intensidad reacciones y tergiverses, quizás, las palabras de otros. Lo más importante para abordar los desencadenantes emocionales es saber dónde está la herida.

Para ello, toma conciencia de todas esas situaciones que despiertan en ti emociones negativas. Es así como descubrirás lo que debes resolver, por ejemplo, la herida de una familia disfuncional o el trauma de una relación de pareja dolorosa y no superada.

No temas al dolor, compréndelo y alívialo

Como suele decirse, a veces hay que aprender a sufrir para dejar de sufrir. ¿Qué significa esto? Que debemos dejar espacio a las emociones para precisar su origen y abordarlas. Si reprimimos el sufrimiento siempre estará latente. Es momento de responsabilizarse de él.

sábado, 6 de agosto de 2022

LA VALIDACIÓN



Como validar las emociones de los demás

La validación emocional es un ejercicio sutil que hace sentir bien a los demás, pero que, a pesar de lo bajo de sus costes y de todo lo positivo que podemos conseguir con ella, no siempre hacemos. En muchos casos, la razón es porque no sabemos…

“Estás exagerando, no es para tanto”, “¿Cómo te vas a poner así por esta tontería?”, “No llores más, tienes que ser fuerte” son algunas de las frases que vamos a querer dejar de decir una vez que comprendamos la importancia de la validación emocional.

Aprender a validar las emociones de los demás es una de las grandes herramientas que nos permiten cuidar y fortalecer nuestras relaciones sociales.

Tal es el valor de esta estrategia que Marsha Linehan, creadora de la terapia dialéctica conductual (DBT), la nombra como “la aspirina de la DBT”. Hace referencia a que representa una de las herramientas fundamentales para construir un buen vínculo consultante-terapéutica, en cualquier proceso psicoterapéutico.

Lo cierto es que seamos o no profesionales de la salud mental, saber cómo validar las emociones de quienes están a nuestro alrededor, refleja una estrategia verdaderamente valiosa.

¿Qué es la validación emocional?

La validación emocional consiste en comunicar a otra persona que está siendo escuchada y vista.

Es aceptar la experiencia emocional que alguien está sintiendo en ese momento y comunicárselo claramente, a través de nuestras palabras o acciones. Es transmitir que sus respuestas son válidas y su punto de vista comprensible.

Se trata de hacerle saber que lo que está sintiendo y manifestando es aceptado, independientemente de si estamos de acuerdo o no con ello. En definitiva, validar es expresarle a otra persona que sus emociones tienen sentido, que son relevantes, significativas o coherentes desde la perspectiva lógica.

Esto mismo podemos hacer con nosotros mismos. En este caso, estaríamos hablando de autovalidación emocional. Aceptar la validez de nuestras propias emociones nos ayuda a gestionarlas más adaptativamente. Así, reafirmamos que lo que sentimos es importante, sea placentero o no placentero.

En contraposición, la invalidación emocional hacia uno mismo o hacia los demás significa minimizar, juzgar o quitarle trascendencia a las emociones. Sorprendentemente, las respuestas invalidantes pueden ser muy cálidas e incluso bien intencionadas, a pesar de provocar consecuencias disfuncionales.

Con esto quiero decir que es habitual invalidar las emociones de alguien que queremos sin siquiera notarlo. Al contrario, lo que estamos buscando es brindarle contención y apoyo.

Veamos un ejemplo para comprender mejor este punto: imaginemos que una niña de cinco años deja olvidado su coche de juguete favorito en un bus. Al notarlo, estalla en llanto y angustia. Su padre intenta ayudarla y le dice: “no pasa nada, no llores, te puedo comprar otro juguete”. Así, él está invalidando la tristeza de la niña, que es esperable y valida. Porque, ¿cómo que no pasa nada?, ¿Está mal que llore?, si me duele haber perdido mi juguete” pensaría ella.

Niveles de validación

Como vemos, validar las emociones de los demás puede ser una tarea más compleja de lo que suponemos. Afortunadamente, la terapia dialéctica conductual ha trabajado mucho en este aspecto y propone seis niveles de validación que permiten avanzar hacia una comunicación validante.

Se entienden como niveles sucesivos en el que el nivel más alto abarca y supera al anterior.

1. Prestar atención

El nivel más básico de la validación emocional refiere escuchar y observar atentamente a quien nos habla. No basta con mirarlo, sino que es necesario interesarse en lo que tiene para  decir, dirigir la mirada, hacerle saber que estamos atendiendo.

También, ubicamos a su altura y cogerle de la mano pueden representar estrategias útiles, porque dan cuenta de que nos importa lo que el otro nos cuenta.

2. Reflexionar

Es importante reflejar con precisión que lo que hemos escuchado lo entendimos claramente. Se trata de “devolverle” lo que nos ha dicho a través de la repetición o parafraseo, como un espejo.

En este caso, debemos ser cuidadosos de no interpretar o añadir nuestras propias ideas o suposiciones, sino extraer acertadamente la idea central que el otro manifestó.

3. Nombrar lo no dicho

El tercer nivel de validación consiste en articular lo no verbalizado explícitamente por la otra persona, pero que detectamos en su discurso, y asegurarnos de que estamos en lo correcto.

Por ejemplo, si alguien nos dice “dediqué mucho tiempo de estudio y aún así no aprobé. Al final no sirve de nada estudiar”, podríamos responderle “entiendo que te frustra la situación, ya que sientes que tu esfuerzo no ha valido la pena, ¿es así?

4. Entender la reacción

Para validar, resulta imprescindible comprender las causas de su reacción. Toda emoción parte de un contexto, una situación, una historia.

Este nivel consiste en entender que a la luz de su experiencia, tiene sentido que se esté sintiendo de la manera en la cual se siente.

Por ejemplo, “entiendo que desconfíes de las personas, teniendo en cuenta que te has sentido traicionada por tu anterior pareja”

5. reconocer lo válido

Reconocer lo válido significa buscar formas en las que la conducta de la otra persona tiene sentido en las circunstancias actuales. Es notar y comunicar que sus sentimientos son respuestas válidas porque se ajustan al contexto presente.

Si a nuestro pequeño hijo le asustan las tormentas, podríamos validar su miedo diciéndole lo siguiente: entiendo que puedas estar sintiendo miedo ahora mismo, porque está lloviendo mucho y eso no te gusta”

6. Reconocer la singularidad del otro

Demostrar igualdad es una de las grandes estrategias de validación emocional. Se trata ponerse a la par de las otras personas, y aceptar que todas las respuestas emocionales como las diferentes perspectivas son válidas.

  

jueves, 25 de junio de 2020

CARENCIAS AFECTIVAS



Cuando en terapia analizamos los trastornos psicológicos más extendidos en la población (ansiedad, fobias, depresión, etc), comprobamos que la causa subyacente de la mayoría de estos problemas procede de algún tipo de carencia afectiva sufrida en la infancia que ha sido arrastrada hasta la vida adulta.

Los bebes vienen al mundo con unas necesidades físicas (cuidado y alimentación) y emocionales (amor, apoyo, seguridad) que deben ser cubiertas para que se conviertan en adultos equilibrados. El contacto físico, las muestras de cariño, el hecho de sentirse protegido o el respeto por su persona y sus intereses no son esenciales para su supervivencia física. Sin embargo resultan imprescindibles para su correcto desarrollo psicoemocional.

Sin estos cuidados, los niños aunque físicamente crecen, emocionalmente arrastran graves secuelas afectivas. Solo tenemos que recordar las terribles imágenes de lo orfanatos rumanos de los años 70 y 80, en los que los pequeños al no haber sido atendidas sus necesidades emocionales, desarrollaban comportamientos autistas.

Muchas personas, sin haber pasado por un abandono tan extremo, también acarrean desde su infancia tipos de carencias emocionales. Sus padres y demás familiares por inmadurez, por inexperiencia o por sus propias historias personales de privación, no supieron atender sus necesidades afectivas.

Estas personas crecen convencidas de que sus experiencias emocionales disruptivas son las mismas que las de los demás. Pasado el tiempo, cuando intentan llevar una vida normal, las secuelas de sus traumas se reflejan en su día a día, de una forma u otra. 

La necesidad primaria de cuidado y cariño que no fue satisfecha por los padres provoca en muchas personas, al llegar a la edad adulta, una sensación de vacío o de espacio oscuro en su interior que necesita ser colmado. Para tratar de obtener un momento de satisfacción que llene su abismo, surgen las obsesiones, las adicciones o los enganches a personas tóxicas. Cualquier elemento exterior (relaciones, objetos o trabajo) puede crear la ilusión de llenar ese vacío. 

Sanar desde el interior.

Aunque resulta imposible cambiar el pasado, todos tenemos la potestad de intervenir tanto en nuestro presente como en nuestro futuro. Para lograrlo, debemos centrarnos en nosotros mismos y prodigarnos los cuidados que tanto nos faltaron en nuestra infancia. Es preciso que recordemos que ya no somos aquellos pequeños que estaban indefensos ante la vida: ahora podemos valernos por nosotros mismos y no necesitamos que nos cuiden y atiendan desde fuera.

Tenemos que comenzar por cambiar el sentido de la búsqueda del amor: no se trata de encontrar a alguien de fuera que nos preste la atención y el cariño que no tuvimos en la infancia. Nosotros mismos somos quienes mejor podemos ofrecernos un verdadero amor incondicional. 

Se necesita tiempo, no podemos sanar en un día el vacío de toda una vida. En ocasiones, el daño ocasionado es tan profundo que resulta necesario buscar ayuda profesional para poder reconstruir la autoestima perdida. Poco a poco, asumiendo la realidad del pasado y trabajando desde pequeños detalles del día a día, podremos empezar a recuperar nuestro amor propio.

Cuando logras conectar contigo mismo y comienzas a quererte, se produce un cambio interno efectivo y permanente. Siempre estarás presente en tu vida cuidándote. Desaparece el abismo. el vacío se colma y, desde ese momento, ni nada ni nadie puede desviarte de tu camino.
Ramón Soler. Psicólogo

viernes, 6 de septiembre de 2019

CARACTERÍSTICAS DE UN MANIPULADOR





PERSONAS MANIPULADORAS

Cuatro características de las personas manipuladoras.

Las personas manipuladoras sufren y hacen sufrir a los demás.  Por su manera de ser, no es fácil no sencillo convivir con ellas. Además, cuando están cerca, puede ser más difícil estar bien con uno mismo.

Hacer un boceto de su “modus operandi” es fácil, entender sus engranajes es una tarea, en grado, mucho más compleja. Quizás el primer aspecto que podemos mejorar en relación a este perfil sea nuestra capacidad para reconocerlo. De esta manera podremos ayudar a las personas que en primera instancia padecen su efecto y, de paso, protegernos.

1-Narcisismo

El narcisismo se caracteriza por un amor desmedido por uno mismo. Las personas con esta característica creen que son mejores que los demás. Este pensamiento se mantiene gracias a diferentes estrategias, como solo tener en cuenta aquellas comparaciones en las que las que salen beneficiados. Es como si de un vaso medio lleno o medio vacío, cortaran la parte vacía.

Uno de los marcos en los que es más fácil identificarlas es el diálogo. En lugar de interesarse por lo que su interlocutor tiene que contarles, lo ignoran y solo se preocupan por su propia narración. Esto hace que el otro no se sienta escuchado en la mayoría de ocasiones.

Por otro lado, en su propia mente las personas manipuladoras tienen una vida llena de emociones. Por lo tanto, al hablar con ellas es frecuente que terminen narrando aquel momento en el que se comportaron como héroes. Aunque este rasgo por sí solo no tiene por qué ser síntoma de este tipo de personalidad, junto a los demás puede ser muy revelador.

2- Maquiavelismo

El maquiavelismo es un rasgo de personalidad que alude a una tendencia muy concreta: tratar a los demás como si fueran instrumentos o medios y no como fines. Que alguien no sufra puede ser un objetivo, pero siempre será un objetivo secundario si lo comparamos con la posibilidad de avanzar hacia las metas que se han marcado. Para ello, son habituales algunas estrategias, como la mentira o el chantaje emocional.

De esta manera, cuando estamos frente a una persona que cumple el perfil, es habitual tener la sensación de no estar haciendo lo que realmente queremos. Por lo general, el otro nos ha convencido de que actuemos de una forma determinada. A largo plazo, esto deteriora la relación y la vuelve superficial.

3- Necesidad de quedar por encima

Las personas manipuladoras no soportan que alguien destaque, salvo que sean ellas. Por eso, harán lo posible por ser siempre el centro de atención. Si es necesario, no dudarán en hacer sentir mal a la otra persona con tal de seguir siendo los que más destacan en un entorno social.

Así, por ejemplo, no es raro escuchar a uno de estos individuos criticando a los demás de forma sutil. A largo plazo, esto puede provocar inseguridades en las personas que tengan que interactuar con un controlador.

Por otro lado, si sienten que en un grupo alguien les roba el protagonismo, los controladores tienden a sentirse mal. Debido a ello, harán lo que sea necesario para volver a recibir la atención de los demás. Contarán una historia, hablarán más alto, se pondrán físicamente en medio….

4- Envidia

Otra de las características más importantes de las personas manipuladoras es que no soportan que los demás tengan  éxito allí donde ellos no lo han conseguido. Esto tiene que ver con la necesidad de quedar por encima, pero va un paso más allá.

Así, cuando un amigo consigue alcanzar una meta, lo normal sería alegrarse por él y felicitarle. Una persona manipuladora, por el contrario, sentiría mucha rabia al ver que alguien ha logrado su objetivo. Por eso, no dudará en criticarle, quitarle importancia al suceso, alejarse de él….

¿Qué hacer ante personas manipuladoras?

Como puedes ver, convivir con una persona manipuladora puede ser realmente difícil. Por lo general, las relaciones que forman con otros tienden a ser tóxicas, aunque por supuesto, el nivel de malestar que causen dependerá de cómo de serios sean estos comportamientos en el individuo.

Ante un individuo de este tipo, solamente hay dos comportamientos posibles: aceptarlo y tratar de minimizar los daños, o cortar completamente la relación. Ambas respuestas son perfectamente viables, pero es necesario darse cuenta de lo que está ocurriendo realmente para poder tomar una buena decisión.

Al final, lo más importante si estás conviviendo con una persona manipuladora es que sepas poner determinados límites. Si alguien te está manipulando o te está haciendo sentir mal para quedar por encima de ti, pregúntate sí; ¿realmente merece la pena que siga en tu vida?